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Potosí, la siempre resplandeciente

La historia y realidad de la ciudad de Potosí es un ejemplo más de por lo que un pueblo tuvo que pasar por el simple hecho de tener riquezas naturales codiciadas por otros y desigualdad para defenderlas.

Potosí se encuentra al sur de Bolivia, en Sudamérica, a 4060msnm. Lo que la hace la ciudad con más de 10.000 habitantes a mayor altitud del mundo. De veranos lluviosos y frescos e inviernos secos y fríos. De días con cielos celestes y claros, de sol fuerte y cálido, a noches estrelladas de cielos claros y fríos secos penetrantes del altiplano. Y claro, lo que la distinguió siempre es que se extiende a las faldas de una legendaria montaña llamada Sumaj Orcko (en quechua: ‘Cerro Rico’) de casi 5000msnm que contenía la mina de plata más grande del mundo. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987, el primer reconocimiento oficial que hizo la UNESCO en Bolivia.

En esta ocasión les voy a contar cómo los mismos mineros bolivianos que trabajan en el cerro vieron la oportunidad de mostrarles a los turistas la historia, la cultura y la ardua labor del mítico Cerro Rico desde adentro, y hacer de ésta una actividad que les reditué económicamente. Así, crearon un tour con guías mineros o ex mineros que los llevan por los túneles de extracción viviendo una experiencia única, real e inolvidable, llena de sensaciones.

Pero para adentrarnos a la historia de contradicciones entre riqueza-pobreza de Potosí primeramente nos remitimos al maestro Eduardo Galeano, quien nos relata:
“entre 1545 y 1558 se descubrieron las fértiles minas de plata de Potosí, al igual que las de Zacatecas y Guanajuato en México.
En 1545 el indio Hualpa corría tras las huellas de una llama fugitiva y se vio obligado a pasar la noche en el cerro. Para no morirse de frío hizo fuego. La fogata alumbró una hebra blanca y brillante. Era plata pura. Se desencadenó la avalancha española.
Antes, había nacido el mito de El dorado, el monarca bañado en oro que los indígenas inventaron para alejar a los intrusos: desde Gonzalo Pizarro hasta Walter Raleigh, muchos lo persiguieron en vano por las selvas y las aguas del Amazonas y el Orinoco. El espejismo del «cerco que manaba plata» se hizo realidad en 1545, con el descubrimiento de Potosí.
Vena yugular del Virreinato, manantial de la plata de América, Potosí contaba con 120.000 habitantes según el censo de 1573. Solo veintiocho años habían transcurrido desde que la ciudad brotara entre los páramos andinos y ya tenía, como por arte de magia, la misma población que Londres y más habitantes que Sevilla, Madrid, Roma o París. Era una de las ciudades más grandes y más ricas del mundo.
Llovían los buscadores de tesoros sobre el inhóspito paraje. Pero a sus pies la vida resultaba dura, inclemente: se pagaba el frío como si fuera un impuesto y en un abrir y cerrar de ojos una sociedad rica y desordenada brotó. A comienzos del siglo XVII, ya la ciudad contaba con treinta y seis iglesias espléndidamente ornamentadas, otras tantas casas de juego y catorce escuelas de baile. Los salones, los teatros y los tablados para las fiestas lucían riquísimos tapices, cortinajes, blasones y obras de orfebrería.
Las damas brillaban la pedrería, diamantes, rubíes y perlas, y los caballeros ostentaban finísimos paños bordados de Holanda. A la lidia de toros seguían los juegos de sortija y nunca faltaban los duelos al estilo medieval, con cascos de hierro empedrados de esmeraldas y de vistosos plumajes, sillas, estribos de filigrana de oro, espadas de Toledo y potros chilenos enjaezados a todo lujo.
Luego, cuando las extracciones ya no resultaron tan fáciles, Potosí cayó en picada desde la cumbre de los esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los socavones vacíos” .

A pesar de todo, tanto Potosí como Bolivia se han logrado siempre levantar, gracias a las inagotables fuentes de recursos del Cerro Rico que sus habitantes siguen explotando habiendo pasado más de 450 años. Lo que salvó a Potosí de convertirse en un pueblo fantasma cuando las vetas de plata comenzaron a agotarse fue la producción de estaño, un metal al que los españoles nunca le dieron importancia. La explotación se inició durante la primera mitad del siglo XIX.

Hoy en día la actividad minera se orienta hacia otras explotaciones siendo uno de los mayores extractores de estaño y existen importantes reservas de litio.

A la actividad minera que continua siendo una importante fuente de ingresos, se le ha sumado la industria sin chimeneas del turismo. En la actualidad Potosí cuenta con diferentes modalidades de alojamiento, gastronomía y excursiones para todos los bolsillos. La infraestructura hotelera le ofrece hoy al viajero calefacción, INTERNET y duchas con agua caliente, comodidades que no son comunes en muchos puntos de Bolivia.

Personalmente tuve la posibilidad de tener un pantallazo de lo que representa la extracción de minerales en la vida de estos hombres que entregan a cambio sus pulmones.

La experiencia comenzó cuando pasaron a buscarnos por el hostel donde estábamos alojados. Desde allí nuestro guía, llamado Oscar, junto con otros mineros o ex mineros nos fueron introduciendo en la cultura propia de ser minero en Potosí. Hay dos horarios para tomar la excursión, uno es temprano en la mañana, el cual es recomendable porque hay mayor actividad de mineros y el otro es por la tarde.


Lo primero fue vestirnos acorde a la ocasión con casco con luz incorporada, pantalón, camisa y botas impermeables. De ahí nos llevaron hasta el mercado minero, donde compramos regalos (agua, refresco, velas) para los mineros que luego encontraríamos trabajando. A ellos les sirve que les regalen dinamita para su labor diaria. La misma, aunque suene extraño, también puede ser adquirida para uno mismo. Oscar nos daría el tradicional trago de los mineros, que contiene un 96% de alcohol. Regamos un poco para la pachamama y el resto para nuestro paladar. A partir de ese momento mascaríamos coca con yusta, que es un preparado que acentúa los efectos de la hoja.

Seguimos el recorrido visitando uno de los recintos de separación de los minerales para ser vendidos, donde lo obtienen de manera artesanal de la misma forma que lo hacían hace más de un siglo. Y finalmente, entramos en el Cerro Rico. Sentimos infinitas mezclas de sensaciones en ese lugar lleno de historias, de sacrificios, de almas perdidas y dinero ganado. Apenas en la entrada nos mostraron unos huecos de no más de 2m de ancho por 1m de largo donde antiguamente dormían los esclavos. Durante el recorrido se pasa de tener calor y transpirar, a que al poco tiempo hay corrientes de aire frío. De estar agachados para no chocar nuestras cabezas, a tener que arrastrarnos y acomodar nuestros cuerpos para poder pasar por túneles estrechos. Algunos de esos túneles estrechos han quedado de la época en que los indígenas explotados por los españoles los hacían para esconder a los enfermos mientras se recuperaban.

Nos presentaron a uno de los “tíos” que hay por la montaña. Es el dios de la muerte que acompaña a los trabajadores diariamente en su labor, al cual ellos idolatran y ofrendan para que los proteja y muestre las inacabables riquezas del cerro. Los viernes, que trabajan 24hs para poder tomarse sábado y domingo, van a lo del tío a ofrendarlo con coca, cigarro, alcohol, y de paso allí se congregan los mineros para disfrutar de los mismos placeres y de largas conversaciones.

Después iríamos a conocer a uno de los mineros que trabaja por su cuenta. Él, como el resto, nos contaría que forma parte de la cooperativa. Como el actual presidente de Bolivia, Evo Morales, estatalizó la explotación del cerro, ya no pertenece a una empresa. Por eso la cooperativa hace que el trabajo de cada minero dependa pura y exclusivamente de su voluntad de explotación; sin recibir un sueldo mínimo, ni seguro médico, ni seguro de vida. Por ende, si no extraen nada de mineral para vender, no tienen dinero.

A lo largo del recorrido por las entrañas del cerro, que duraría hora y media, subimos unos 40m en comparación al nivel de la puerta de entrada, para luego bajar unos 60m. La infinidad de colores y texturas que vimos dentro de sólo una montaña era deslumbrante. El aire viciado nos haría toser a veces y nuestras botas serían de gran utilidad cuando pisáramos las vías inundadas de los carritos porque a los costados de la vía las botas se empantanarían. Ya fuera del cerro, serían risas y anécdotas en el bus que nos llevó, junto a nuestros guías que nos seguían contando de la cultura propia de ser minero en Potosí.

Como complemento para darle un cierre al entendimiento y acercarnos aún más a lo que fue la realidad de la ciudad y su sociedad, visitamos la “Casa-museo de la moneda”, uno de los pocos edificios que quedan de la época en que Potosí brilló en sus veredas, casas, palacios, teatros, y cafés recubiertos con metales y piedras preciosas. El edificio se encuentra en muy buenas condiciones, cuenta con visitas guiadas y el material que se puede apreciar es muy valioso también. Hay ejemplares desde las primeras monedas 96% de plata que se produjeron para la corona española, hasta las que Bolivia produjo para su nación una vez ya independiente. Actualmente las monedas corrientes, no se producen en Bolivia, ya que resulta más económico importarlas de países como Chile o Canadá.

Nota: Lorena Oberlin | Corresponsal

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